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Todo aquello que constituyó la faz luminosa de la civilización occidental presenta ahora un envés cada vez más negro. Así, el individualismo, que es una de las grandes conquistas de la civilización occidental, genera hoy cada vez más fenómenos de atomización, de soledad, de egocentrismo o de degradación de la solidaridad. Otro producto ambivalente de nuestra civilización es la técnica, que ha descargado a los hombres de enormes gastos energéticos confiándoselos a las máquinas, pero ha hecho que la sociedad sea esclava de la lógica cuantitativa de dichas máquinas. La industria, que produce masivamente bienes baratos para satisfacer las necesidades de gran número de personas, es la causa de la contaminación y de la degradación que amenazan a nuestra biosfera. En este sentido, el automóvil es un perfecto ejemplo de los vicios y virtudes de nuestra civilización. Incluso la ciencia, de la que se pensaba que sólo aportaba beneficios, conlleva aspectos preocupantes como son el peligro atómico o la manipulación genética. Así pues, podemos decir que el mito del progreso, fundamento de nuestra civilización que pretendía que el mañana sería indudablemente mejor que el presente, y que compartían el mundo del oeste y el mundo del este ha caído en cuanto mito. Lo que no significa que el progreso sea imposible, sino que no puede considerarse como algo automático y que suscita también regresiones de todo tipo. Actualmente hemos de reconocer que la civilización industrial, técnica y científica crea tantos problemas como los que resuelve Edgar Morin
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"Jesulin"
lápiz 167 x 102 cm verano del 99
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"rojo" 2, óleo sobre tabla, 70x 50 cm, verano del 2002
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En la noche siempre tenue, soñé sobre tu nuca doblada, siempre limpia, siempre mártir, ofrecida. Inclinado mientras remaba, con el agua dulce me bañaba. Beberte gota a gota , morir, para mi no era nada, Arrollo tibio bocanada .
Desbocado, siempre a tus entrañas. G.
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No tengo noticias
tuyas, 
solo las del pasado: "culo" lápiz, otoño del 98
siempre llegan sin piedad.
G
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| dibujo nº 1 80 X 190 cm lápiz y aguada | dibujo nº 2 80 X 190 cm lápiz y aguada |
El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país del que se ha retirado el mar,
escuché la rendición de mis huesos depositándose en el descanso;
escuché la huida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que quedaba de mí;
escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu,
y no pude resistir la perfección del silencio.
No creo en invocaciones pero las invocaciones creen en mí:
han venido otra vez como líquenes inevitables.
La fermentación del verano se introduce en mi corazón y mis manos
se deslizan cansadas en la lentitud.
Vienen rostros sin proyectar sombra ni hacer crujir la sencillez del aire;
sin osamenta ni tránsito, como si consideraran únicamente en el
contenido de mis ojos,
en la humildad de mis palabras,
en el espesor de mis oídos.
Son obedientes y yo siento su reunión como una salud que se refugia en la oscuridad.
En una amistad dentro de mí mismo;
es un estambre urdido por manos que son suaves en el interior de los días…
antonio gamoneda (de“descripción de la mentira”)
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